domingo, 7 de junio de 2015

1984, jugar a ser periodista: Pintura Fresca.

En marzo de 1984 yo contaba con 17 años, un título secundario obtenido en un asfixiante colegio católico del que hablaré luego y un objetivo: estudiar periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Mi primera opción había sido estudiar letras pero la existencia de griego y de latín en la carrera me disuadió que no era para mí, yo quería escribir, la docencia todavía no estaba en mis planes, así que hice el siguiente cálculo: "si todo periodista es un escritor frustrado, por qué no arrancar desde el final, ser periodista". De modo que me terminé inscribiendo en la carrera de Licenciatura en Periodismo.
Poco y nada sabía de ese oficio más que haber integrado el Club de periodismo en el colegio secundario mencionado anteriormente donde en dos años habíamos escrito una hoja con toda la furia, visitado el diario La Nación y poco más.
Lejos de esta época en que la información circula tan libremente, en los últimos años de la dictadura había descubierto Operación Masacre en una biblioteca pública (dichosos esos lugares donde concurríamos a leer en la época pre Internet)y lo había devorado con la duda de "¿esto pasó realmente?" y la imposibilidad de preguntar algo más a alguien.
Pero estar en 1984, con la re instauración de la democracia, el destape de ideas que aunque hoy parezca naif y estudiar periodismo creo que era, aterrizar en el lugar justo en el momento justo. El pan cotidiano de esos días era Radio Belgrano con Sin Anestesia y Sueños de una noche de Belgrano, las revistas Humor, El Porteño, El Periodista y la gran Cerdos y Peces.
Y por supuesto las revistas subtes (¿los blogs de ahora?) Pintura fresca fue la primera experiencia como editor. Una aventura gráfica gestada en los pasillos de la facultad, en los colectivos de vuelta a casa y en las interminables reuniones en casa de Alberto Pelagallo y Claudia Villamayor.
La revista transmite una inocencia y a la vez la visión de pibes de diecisiete y dieciocho años que querían dejar sentada su posición frente al mundo. Fue compuesta integramente con una maquina de escribir portátil tipeando los textos, recortándolos y luego pegándolos sobre la hoja pasando liquid paper por los márgenes para que cuando la fotoduplicaramos no se notara. Cien ejemplares que se deben haber vendido diez con toda la furia y que el resto se regaló o llegaran, como milagro de la naturaleza y de varias mudanzas, hasta hoy.
Observar la cara de nuestros compañeros con el orgullo de ser ahora "periodistas", esperar noticias de quién la recibía por correo (nuestro sistema de distribución), manguear a conocidos y parientes para que pusieran publicidad y esperar pacientemente que alguien la leyera fueron el pan cotidiano de esos días donde todo era posible, como una interminable previa a lo que iba a venir.
Leer mi nota hoy me pone colorado de vergüenza; las imprecisiones, el dogmatismo, etc., le juegan en contra a la lectura a casi más de treinta años, pero a pesar de todo la revista transmite una frescura intensa desde su ingenuidad, como la de un hijo prematuro, pero muy deseado. Un segundo número quedó en gateras mucho mejor editado pero incompleto, algunos originales todavía tengo en mi poder y quizá en este block de notas los publique algún día.La comparto con ustedes para celebrar este día del periodista.

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